Se forma un círculo. Entre la gente y la trastienda del teatro que se hace calle. Las paredes son el viento y el techo llega hasta el cielo. Un cartel, pasacalle moderno dice algo asi como que de martes a viernes, a las 20 y a las 22, hay funciones a la gorra. La gorra. Que se hace sombrero para que «ese billete que el niño conoce por sus colores-y se habla del azul «petisito» que vale dos, o del violeta que sirve «para comprarnos un vio de cien pesos, porque los payasos somos como todos»-, ingrese, sobre la hora cuando al espectáculo le queda poco y nada y un voluntario con capa roja de superhéroe y en calzoncillos sirve de señuelo. Antes y después, «Comprimido» y «Estrellita» juegan con los aros-la payasa hace girar a la arandela gigante con un preciso movimiento de sus pies-, con el diábolo que vuela hasta ese techo que ayer es gris y entre ellos y ese público que es la gente. El pueblo.»Como estamos como pueblo, eh…que no podemos juntarnos para contar hasta tres», recita Comprimido y hace carne el viejo axioma que dice»detrás de todo chiste…». La plaza San Martín; entre artesanos y sus pasillos de elementos colgados, la esquina musical con Pablo que toca el piano y mete mano a los covers, Comprimido y Estrellita se colorea, y por un instante, una hora al menos recuperamos esa sonrisa que supimos conseguir.
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