
Alguien dijo una vez
Que yo me fui de mi barrio,
Cuando? …pero cuando?
Si siempre estoy llegando!
Y si una vez me olvidé,
Las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja
Titilando como si fueran manos amigas,
Me dijeron: Gordo, gordo, quedáte aquí,
Quedáte aquí.
Pichuco parecía un muñeco de cera. Hincha de River, murió en 1975, año del doble campeontao que quebró la fatídica racha de 18 años sin saborear un primer puesto:»Lo que mejor sabía hacer era querer», dijo del poeta del sur, de la Capital Federal, su amigo hermano, hermano amigo, don Homero; que no sabía de Springfield como el gordito de amarillo que nos trae la tele.
De fútbol, vueltas y Mr. Burns, va esta historia.
O de porongas, también.
A la vuelta de la esquina están los favores, de ida y vuelta que vienen -la historia rebobinará un poco más, quizás- del inicio de la década a esta parte.
Y en un mismo lodo, todos manoseados. Ya que estamos con el tango.
Y con la poesía que llega desde el sur, de este lado de la General Paz, Discepolín mediante que, además de Yira-Yira, de Cambalache y de Mordisquito, nos dejó el «Hincha», ese simpático energúmeno que pedía por Suarez, su cuñado, que era el crédito de la Primera.
«Qué sería del fútbol sin el hincha», dice, se pregunta y se responde, Enrique Santos, un rato antes de morir. Dicen, hablando de decir, que por la política o por la manera de sentirla, o por como la sentían los otros, que «piantó temprano».
Los años electorales, y no lo dice Horangel, coinciden, en el pueblo con mar con cimbronazos futboleros.
Y el tipo, relojea a la historia reciente y saca cuentas.
2003, 2007, 2011, 2015.
2017.
En este pan y queso que juegan en la tierra de las chimeneas que humean tupido y fulero, parece que las barajas vienen marcadas.
A los carteles de Linares, les encaja una palabra y le sobra una cara.
¿Vendrán para este lado en donde, además de olor a aluminio, hay olor a vuelta en redondo?
Hablando de música, cerramos con un bolero.
Quizás, quizás, quizás…
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