Domingo Namunkurá: Comunidad Organizada

Se abre el telón azul y Lucas presenta la función que se avecina. La voz del pibe le abre el juego a sus compañeros: dos Matías -uno profe- sentados y levemente encorvados acarician las guitarras. Zoe y Joaquín cantan una canción de Soda y otra de Los Cafres.

Cuando se bajan, ya en la esquina de la sala, una medialuna hecha tambores transforma una clase de percusión en una presentación a platea colmada.

Es sábado y son las ocho de la noche. En el balcón no hay ni Julietas ni Romeos. Ni bien se aleja el último peldaño, de derecha a izquierda se apilan un director de cámaras, un operador de radio y dos sonidistas. A cada lado de cada uno de ellos, una piba o un pibe. Serán, entonces, Diego y Andy quienes secunden a Jorge, Marcos e Ignacio. A Fabricio lo miran primero y luego reemplazan Esmeralda y Ramiro: debajo, recibiendo indicaciones Gonzalo panea cuantas veces le solicitan entre primeros planos y ángulos abiertos.

De fondo, como si fuese un cuadro gigante, una pantalla. Allí se reproducen las imágenes que generan y que nos van ofreciendo los números musicales del comienzo: Los Chinchimoyes, trío power que envasa temas infantiles, Lucas Roghi y Gloria Paz Payleman que envuelven el ambiente con folclore, el ballet Chaimanta.

Organización. Las pibas y los pibes de la escuela 1737 de gestión social (alguna vez, eliminada del listado desde el propio ministerio de educación) tuvieron una idea: juntar fondos para comprar una batería. El resto, o sea todo corrió por cuenta del esfuerzo que le imprimieron.

En los compases de espera, coloridos momentos: el trabajo en los talleres de carpintería, granja, también las varietés en donde les pibes se trepan a las telas, lucen maquillados porque relatan cuentos orientales o se muestran bailando un loncomeo y jugando al palinkantum, el tatarabuelo del hockey.

Joaquina, Fernando, Nazarena y Zoe bailan en la cocina mientras Yanina, Guido, Ariel, Gerónimo y Juan se alternan los comandos de donde emergen empanadas, choripanes, pizzas o hamburguesas. Melisa, Cintya y Mariana les esperan para atender a los visitantes de los cuales distinguimos, del ámbito educativo tan solo al delegado zonal de la universidad local: el resto de los presentes se dividen entre mamás, papás, abuelas, allegados y les artistas que aguardan su turno para subir al escenario.

Sin red. Locución, sonido, operación técnica, salida al aire en la radio y redacción gráfica. Una clase, en sábado. «Haré todo lo posible para que el chico no vuelva a esa escuela», le dice a una mamá una supervisora. Supervisora que como diversos responsables de las políticas públicas no tratan de ver mas allá de sus narices.

Mateo, Lucas y Tiago, atentos atienden las últimas recomendaciones del profe Fabio mientras suena, en vivo y en directo, en el aire de La Namunkurá la transmisión en donde hay entrevistas y no existen los baches. Esmeralda y Matías ya se sacudieron el taladreo de Facundo que les comparte cómo guionar la crónica que será crónica, la semana entrante en el taller de redacción gráfica. Nicol pide la cámara fotográfica y rememora las coberturas en las calles y en el interior del predio ubicado en Obreros Unidos.

Celena Rodríguez, Aldrobanda, La Encendida se prestan el tablado al tiempo que Lucas recuerda que «no se puede fumar en los alrededores y que el venidero 24 de mayo va a presentarse en la Usina Cultural, Georgina Hassan».

Cambian los roles como en el juego de la silla.

Todo nació en una idea colectiva: atravesados por la música, los chicos tienen un programa que se emite los miércoles a las 17.30 y repite los domingos a las 19. Se llama sexta cuerda. Les place abrazarse a las canciones pero se dieron cuenta que les faltaba una batería. Es cuando proponen un encuentro para recaudar fondos y se encargan de convocar a las bandas (Gallo Rojo, Dúo Sur, Rodolfo Castelnuovo y The Chapo Kachengue completan el fixture), diseñar en el espacio de dibujo el flyer para difundir el evento por las redes, escriben la gacetilla y graban el spot radial.

Suelen zapar con Lautaro. Enola los guía en la danza autóctona y Luisina piensa en el aula y en cómo continuar el ida y vuelta en donde se habla de la división de poderes. Están desarrollando, como en una línea de tiempo, cada interrupción hecha golpe. Fabiana que va y viene, inquieta, fue quien se preguntó todo en una salida al Cenpat en donde coincidieron con antropólogos e historiadores.

Una oreja oye que una supervisora de educación dice: «Voy a hacer todo lo posible para conseguir la vacante en cualquier escuela, así no vuelve ahí». Otra oreja escucha a Carlos que repara en los símbolos: «Lo más importante es que nos demos cuenta que esto que vemos hoy es producto de la organización».

Organización que vence al tiempo.

Pese a que, aferrados a los vientos de la época, otros vociferen que «es por acá».

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*