Domingo Namunkurá: Tres veces 17

El ritual se repite una vez al mes, todos los meses. La concentración en la plaza. Los abrazos. La espera que lleguen las banderas. De esas que muestran caras. Caras que detrás de esas caras, habitualmente, sonrientes y colmadas de vida, transmiten una historia. Y otra, más otra.

Irene casi que ya no sabe de timideces pese a esa voz que hila palabras como un hilito. Pero llegará un instante en donde hablará la panza, el corazón y la memoria: “A veces pedimos solamente un abrazo”, dice en una tarde sabatina de luces y sombras en donde el sol juguetea con las nubes y el “calorcito” con la fresca brisa que empieza a ganar protagonismo.

Ese abrazo que pide Irene tiene que ver con la deferencia que muchas veces se transforma en indiferencia pese a que cuando suenen las bocinas de los doce o trece autos que conforman la caravana, asomen brazos elevados y puños levantados. O aplausos, como el de esa señora de anteojos oscuros que sacude bien fuerte una palma contra la otra en donde la columna vehicular ofrece el giro que va de la breve calle Moré hasta el Boulevard Brown.

Antes un grupo de purretes ataviados de rojo y blanco quienes ensayan los acordes murgueros a la vera del monumento de los Caídos en Malvinas se asocia también al saludo en forma de golpeteo en bombos y redoblantes: el desfile de móviles que partió desde la plaza San Martín, baja por Mitre, toma el atajo de Irigoyen y encara hacia el norte, hasta la rotonda que se confunde con el monumento que recuerda a los 649 que quedaron en las Islas. El giro y el sur que existe en forma de GPS hasta alcanzar el Ecocentro, inconfundible referencia desde donde se pispea el avance de Puerto Madryn, el otro Madryn, el más visible. El de las construcciones lujosas u hoteles en tierras propias. El Madryn de la vuelta al perro que, en fin de semana largo, se ofrece con su rutina de vendedores de chipá y pancitos, o tortas de 80 golpes. O vecinas elongando y mirando de qué se trata esa hilera de automóviles que no cesan en seguir haciendo sonar las bocinas.

Los datos se cruzan en una mezcla de anécdotas que nunca hubiesen querido vivir y otras que sí. Las que expulsa a borbotones una de las hijas de José que entre sollozos y dientes apretados cuenta que su papá, el mismo que no había terminado la primaria y que temprano se había calzado el traje de marinero era su ejemplo porque con esfuerzo terminó los estudios hasta transformarse en capitán. Pese a que en la lista de los tripulantes de esa embarcación que nunca debió zarpar figurase como oficial.

Las investigaciones se frenan en la desidia o en la complicidad de una fuerza que no rastrea en dónde pueden estar los restos de “El Repunte”, el barco que debió ir por merluza y modificó el rumbo para hacerse del oro anaranjado en forma de langostino. “Nos mienten. Si el ARA SAN JUAN estaba a 800 metros de profundidad cuando antes decían que estaba mucho más abajo y lo encuentra, ¿Cómo es que no pueden hacer lo mismo con este barco que está a 50 metros?”, relata otra de las infatigables integrantes de un grupo que, como sucede a menudo, está compuesto de mujeres: las mismas que relatan cómo han intentado buscar cada pista, cada rastro, bajando acantilados enormes con los talones bien clavados, “para no irnos hacia adelante”. O recorrido la Península esperando que apareciese ese cuerpo que quieren abrazar. “Nos entregaron unas zapatillas porque tuvimos la suerte que desde una mesa unas personas escucharan qué pasó con los navegantes”, refleja uno de los hijos de Arias, el único madrynense desaparecido ya que el resto vivía en Mar del Plata. “Cuatro horas tardó el helicóptero aquella jornada de mucho frío y pudieron rescatar a una persona. ¿Te imaginas si hubiesen ido enseguida como les señalaban desde el agua porque notaban que había otras cinco personas con vida?”, agrega el joven que no puede creer tanta hijaputez.

Como si fuese una medialuna en donde los autos se posan en cuarenta y cinco grados, o las parejas se sientan en la escollera para jurarse amor eterno, se ubica el futuro espacio destinado a los desaparecidos en el mar: “Este es nuestro cementerio. Acá es donde venimos cada 17. Acá es donde otras familias podrán colocar las placas como haremos nosotras para recordar a nuestros seres queridos”, dice una de las hijas de Arias, la misma joven que momentos antes y megáfono en mano recordaba a voz en cuello que un…17, a las 9 y 36 horas se produjo el hundimiento de ese barco que nunca debió salir.

A 17 meses de un 17 de junio, un 17 de noviembre se siguen escuchando nombres de seres humanos y embarcaciones que ya no están.

Pese a que a cada nombre retumbe con fuerza la palabra PRESENTE.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*